Violencia y sanción

    374

    Los asesinatos en las calles son rutinarios. Y las víctimas simplemente se agregan a las cifras de los caídos. La gente vive con eso, hasta que se vuelven tan repetitivos que obligan a alguna reflexión.

    Hechos incomprensibles. Sean asaltantes que sin miramientos disparan a matar. O reacciones defensivas ante un real o supuesto ataque.

    Hay muertes que no responden necesariamente a esos esquemas de la violencia. Son esas acciones incomprensibles que sólo se entienden por la irascibilidad latente, expresión de intolerancia individual.

    En el menor de los casos, un empleado privado que dispara a las gomas de un vehículo porque percibió que sería embestido por el conductor.

    O el policía que mató de un disparo al joven Jonathan Hernández Rosario, en Bonao, porque no obedeció a un mandato de detención. El policía en ningún momento pensó que la víctima y el acompañante quizás no escucharon la orden. El joven podía estar en conflicto con la ley, pero si no ejerció violencia mientras se trasladaba, no había porqué derribarlo de un tiro mortal.

    La muerte de la joven Yulissa Merdily Acosta Parra en el Malecón, a manos de un capitán de la Fuerza Aérea, por un simple roce entre los vehículos. La investigación sugiere que al producirse la leve fricción, el oficial persiguió el vehículo conducido por el novio de la víctima fatal, y les disparó sin mediar palabras.

    Esa violencia con vocaciones tan primitivas ocurre en cualquier circunstancia. Trasciende cuando provoca muertes o heridas, o cuando los hechos son tan excesivos que llaman la atención mediática.

    No hay el más mínimo sentido de tolerancia y menos discernimiento para entender que las vías de hecho, las agresiones, solo complican las cosas.

    Es necesario insistir en una cultura dialogada, de paz. Que existen procedimientos previstos en la ley mediante los cuales se pueden encontrar soluciones sin recurrir a la violencia que tanto dolor y lágrimas desencadena.

    En todos estos casos tiene que haber consecuencias, para que al menos la sociedad vea que no se puede agredir ni matar sin drásticas sanciones.